El jueves estaba hablando con María, una Sra de 93 años que me cuenta muchas cosas de su vida. Hablando sobre la infancia me preguntó por la mía; sin pensarlo le dije que había sido muy feliz. Se me vinieron imágenes de mis amigas y amigos jugando todos en la calle a los juegos de antes. Éramos incansables. Corriendo, con o sin pelota, con las bicis, los patines o simplemente en un escalón comiendo pipas. Y ahora me doy cuenta que mi infancia sí fue feliz pero de puertas para afuera. Una vez que llegaba a mí casa ya no había alegría. Mi madre ejerciendo de ama de casa y mi padre de sustentador. No había abrazos ni palabras dulces y amorosas. Es cierto que nunca nos faltó lo esencial y también es cierto que nunca nos atrevimos a pedir nada más. Yo, que siempre he tenido una mente muy rebelde, me enfrentaba a mí madre pidiendo explicaciones ante el típico: porque lo digo yo y esgrimiendo mis razones. Todo inútil porque era : porque lo digo yo y punto
Así que pensándolo bien mi infancia fue feliz en la calle y el colegio solamente






